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22 feb. 2011

Relatos del horror

Cerca de la ciudad de Tartagal, murieron dos menores wichíes, fallecidos por falta de alimento en los últimos 15 días, y fueron detectados 26 niños con déficit nutricional grave. La vida al borde de la desnutrición.

Por las cuatro calles que rodean la Plaza San Martín, en pleno centro de Tartagal, circulan autos de alta gama a toda hora del día. Por las veredas, los aborígenes marcan el contraste con su pobreza: esa misma pobreza, que se extiende varios kilómetros monte adentro, se llevó las vidas de ocho menores de 5 años en las últimas dos semanas y amenaza con llevarse más.

El equipo de Clarín recorrió la Misión Sachapera I y II, esa sucesión de ranchos donde murieron Santiago Torres –un día antes de cumplir un año– y Leandro Arias, de 18 meses, a fines de enero. En ese lugar del país, el hambre golpea hasta la asfixia, de 130 niños censados en la última semana, se encontraron 26 con déficit nutricional grave . A menos de veinte cuadras de Tartagal, es el punto crítico de una provincia en crisis por el hambre.

Allí, cuando llueve, las calles de tierra se vuelven ríos desbordados que impregnan todo de barro y humedad. Uno de esos ríos está frente a la casa de la familia Torres. Se lo ve a Marcos Torres sentado en un tronco junto a Gabriela Sánchez, su esposa, que aún llora la muerte de su pequeño.

Apenas pasaron 24 horas del entierro en el cementerio de la misión Kilómetro 6, donde también murió Rocío Soruco. Marcos saluda al cronista y clava la mirada en el rostro de su mujer, llevándole un mechón de cabello por sobre uno de los hombros. No tienen nada que decir: la tragedia es evidente.

En Sachapera –tierra habitada por integrantes de las etnias tobas, chulupí, guaraní y wichí– las historias caen como vainas de Arca, un árbol frondoso. Con esas semillas, los aborígenes hacen collares que salen a vender al centro de Tartagal por “dos pesitos”. Pero la hambruna no es nueva. Adriana Villa, 29 años, recuerda que en 1998 perdió a su nena de año y nueve meses por el hambre.

“En 2005 casi pierdo a mi changuito, Gabriel, que hoy tiene seis. Lo saqué del hospital y una asistente social me denunció a la jueza de menores. Cuando le conté a la jueza que en el hospital no lo atendían, como ocurrió con mi primer hija que murió, ordenó que yo y mi hijo seamos trasladados a Salta, donde los médicos lo salvaron. En Tartagal se moría”.

Después de visitar a otras tres familias y con la noche borrando los ranchos, por avenida Alberdi, junto a la antigua entrada del hospital, tres nenas aborígenes vienen desde el centro de Tartagal, rumbo a la Misión Chorote, que queda del otro lado de la ciudad, cruzando la ruta nacional 34.

No es que María (8), Belén (9) y Noelia (6) vuelven de compras, sino que consiguieron juntar las sobras de varias confiterías: “Vamos a comer a la casa”, dice Belén y levanta su bolso donde se ve una botella a lo que sólo le queda un fondito de gaseosa. En la imagen: Dolor. La mamá de Santiago Torres, el jueves, en el velorio de su hijo•

(Por Jesús Rodríguez, corresponsal)
Recibido de José Alfredo Saihueque, Salta,

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